Ginevra Giovanni
Habían pasado dos días desde nuestro encuentro en el despacho; aún cuando dormíamos juntos, el encuentro se quedó grabado en mi piel. No solo por el beso, sino también por la forma en la que me había mirado, como si viera a través de mí, como si supiera que estaba cayendo por él de la forma más atroz. Esa mirada suya no era solo deseo; era una declaración de victoria silenciosa que se filtraba por mis poros, instalándose en mi pecho como un peso dulce y, al mismo tiempo, aterra