La mansión se sentía como un mausoleo a medio iluminar, un laberinto de mármol y ecos donde cada sombra parecía vigilar mis pasos con ojos invisibles. Me encontraba en el comedor, rodeada de una opulencia que ahora me resultaba asfixiante, con los dedos apretando los bordes de la mesa de caoba tan fuerte que mis nudillos estaban blancos. Frente a mí, una taza de té intacta dejaba escapar un último hilo de vapor, una farsa de normalidad en una noche que estaba a punto de estallar.
El sobre con e