Ginevra Giovanni
Me quedé de piedra frente a él; las palabras no salían de mis labios al verlo arrodillado. Arrodillado, para mí. El mundo exterior pareció desvanecerse, dejando solo el sonido rítmico de las llamas de las velas consumiéndose y el aroma embriagador de las rosas que ahora se sentía como un lazo físico. Ver a un hombre como Mikhail Romanov, un hombre que no se doblegaba ante nadie, en esa posición de vulnerabilidad calculada, me provocó un vértigo que amenazaba con hacerme caer.