El rugido del motor del coche de Gino era lo único que llenaba el espacio mientras nos alejábamos de los límites de la ciudad. El resplandor naranja de los incendios en el puerto del sur comenzaba a quedar atrás, convirtiéndose en un punto borroso y mortecino en el espejo retrovisor. Mi hermano conducía con una intensidad feroz, sus nudillos blancos apretando el volante con una fuerza que hacía crujir el cuero, mientras yo intentaba asimilar que el aire que entraba por la ventanilla, aunque car