La nieve bajo mis pies ya no se sentía como una trampa, sino como un mapa. Silas caminaba delante de mí, moviéndose con una ligereza que desafiaba su tamaño. Yo lo seguía, cargando el arco cruzado en el pecho, sintiendo el frío picar en mis mejillas y la adrenalina burbujeando bajo mi piel. Habían pasado días desde la tormenta, y mi cuerpo empezaba a endurecerse; el dolor en los hombros había sido sustituido por una tensión alerta, la misma que tiene la cuerda del arco antes de soltar la flecha