La tormenta no avisó. En Alaska, el clima no pide permiso; simplemente reclama su territorio. El viento comenzó como un silbido agudo entre los árboles y, en menos de una hora, se había convertido en un rugido blanco que sepultó la camioneta azul bajo una capa de nieve espesa. Dentro de la cabaña, el frío empezó a filtrarse por las rendijas de los troncos con una agresividad que me heló la sangre.
Fue entonces cuando me di cuenta de mi error de novata. Miré el rincón junto a la estufa: solo que