Mundo ficciónIniciar sesiónEl pitido constante del monitor de signos vitales era lo único que sonaba en la habitación, aparte de la respiración suave, casi inexistente, de la niña tendida en la cama, Amy parecía más pequeña de lo que realmente era, cuatro años comprimidos en un cuerpecito demasiado delgado, cubierto por una bata hospitalaria que le quedaba grande, el suero goteaba lento por la vía en su diminuto brazo, y su piel, antes sonrosada, hoy tenía un tono pálido, apagado.
Owen Moore estaba de pie junto a la cama, inmóvil, las manos metidas en los bolsillos del pantalón, los nudillos tan tensos que la piel se le había puesto blanca, llevaba la chaqueta sobre el antebrazo, porque el calor del hospital se le pegaba a la nuca y le resultaba insoportable, aun así no apartaba la vista del rostro de su hija.
Los labios de Amy estaban partidos, tenía los ojos cerrados, las pestañas húmedas por las lágrimas que se había negado a dejar salir cuando las enfermeras intentaron colocarle la vía, ni siquiera había llorado en voz alta, solo se había agarrado a la sábana y había resistido, como si el silencio fuera su única defensa.
La puerta se abrió despacio.
—Señor Moore.
La voz del médico era grave, cansada, propia de un hombre de unos cincuenta años, que había visto demasiados cuerpos enfermos, demasiadas malas decisiones.
Owen no se movió.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó, sin girar la cabeza.
—La deshidratación la estaba comprometiendo —respondió el médico, acercándose al final de la cama, revisando el monitor por costumbre— Si no la hubieran traído hoy, en uno o dos días habría sido crítico.
Uno o dos días… Owen apretó más la mandíbula porque él no había notado nada “crítico”, solo que Amy comía cada vez menos que los platos regresaban casi intactos, que las niñeras se quejaban, una tras otra, que la niña dormía enredada en sus peluches, con la mirada perdida.
No era un hombre al que se le escaparan los detalles en sus negocios, pero su hija… su hija estaba dejando de comer frente a él y no lo había visto hasta que su rostro se volvió tan frágil como un cristal.
—El cuadro es claro —continuó el médico— No quiere comer, no quiere beber, y no presenta una condición orgánica que lo justifique, no hay infección, no hay problema gástrico detectable... señor Owen, estamos frente a un trastorno alimenticio de origen emocional.
La palabra trastorno se clavó en el aire, y Owen giró la cabeza con lentitud, sus ojos, oscuros y fríos, se posaron en el médico como si lo fuese a matar.
—Es una niña —dijo, con voz baja— Tiene cuatro años.
—Justamente —respondió el médico, sin huir de esa mirada— Que una niña de cuatro años rechace la comida y el agua a este nivel… No es un capricho señor, es un grito, un grito de algo que no puede nombrar.
El silencio lleno el lugar la máquina siguió pitando, y el suero continúo cayendo gota, a gota.
—Quiero ser muy claro, señor Moore —prosiguió el médico, entrelazando las manos frente a sí— Amy necesita… ayuda especializada, un tratamiento psicológico, o psiquiátrico, si es necesario más adelante, y no hablo de sesiones aisladas, hablo de un proceso, de un compromiso.
—¿Un… psicólogo? —murmuró Owen, como si probara una palabra ajena.
—Sí, una psicóloga infantil, un equipo que la contenga, no es solo ponerle un plato enfrente, es entender por qué lo rechaza, qué siente, qué le falta, qué le duele.
El golpe no era físico, pero Owen lo sintió en el estómago, porque no soportaba esa palabra, falta, porque a Amy no le faltaba nada, tenía la mejor habitación de la mansión, juguetes caros que habían llegado en cajas enormes, ropa impecable, un jardín más grande que muchos parques, tenía seguridad veinticuatro horas, médicos de cabecera, profesores particulares, a su hija no le faltaba nada.
Excepto una madre que se había ido sin mirar atrás, excepto un padre que no sabía cómo hablarle sin que se le secara la garganta.
—La niña está en una edad muy vulnerable —insistió el médico— El abandono, los cambios bruscos, las discusiones, las ausencias… todo eso la afecta mucho más de lo que aparenta, y el cuerpo… habla, a veces, dejando de comer.
Owen no respondió, sentía un zumbido en los oídos, y la palabra abandono flotó sobre la cama como una sombra.
—Le recomiendo que no retrase esto —terminó el médico, con un suspiro— Le dejo algunas tarjetas de colegas de confianza, piénselo, es su hija, señor Moore, no es solo un cuerpo pequeño al que hay que mantener respirando, es una mente, un corazón.
Dejó una carpeta doblada sobre la mesita y se retiró, respetando el muro que veía crecer en los ojos del hombre, la puerta se cerró, y el ruido del pasillo quedó atrás.
Owen se quedó solo con Amy, la miró de nuevo, la nariz pequeña, las ojeritas violáceas, el mechón de cabello oscuro pegado a la frente, estiró la mano, pero dudó un segundo en el aire y al final le apartó el pelo con una delicadeza que no encajaba con sus manos grandes, y curtidas.
—Tienes que comer —susurró, sabiendo que ella no lo oía, o fingiendo no saberlo— No puedes hacerme esto.
El “hacerme esto” se le quedó colgando en la lengua, porque no era ella quien le hacía nada, era él, o la ausencia de alguien más, era la vida que él había armado con una mujer equivocada, eran sus decisiones, y detestaba admitirlo, sacó la mano, se enderezó, aspiró hondo, y sintió como una furia espesa empezaba a subirle desde el estómago hasta el pecho, quemando todo su interior, y sin decir nada más, tomó la chaqueta, se la echó sobre el hombro y salió de la habitación.
El aire del estacionamiento olía a gasolina caliente y asfalto, Owen cruzó el espacio con paso largo, rígido, su chofer, Javier, se enderezó al verlo acercarse, y abriendo la puerta trasera del SUV negro pregunto.
—¿Regresamos a la mansión, señor?
—No —respondió Owen, sin detenerse— A las cabañas del norte.
Javier frunció ligeramente el ceño, porque las cabañas del norte se alzaban en medio del bosque, en una propiedad privada que pertenecía a Owen desde hacía años, era su refugio, y, para quienes lo conocían, su campo de caza.
—De inmediato, señor.
El automóvil arrancó y se perdió en la salida del hospital hacia la autopista, dentro, Owen aflojó por fin la corbata y la tiró a un lado, luego aflojó el botón del cuello de la camisa, y miró por la ventanilla mientras Dallas quedaba atrás, poco a poco, reemplazada por tramos de carretera, luego por caminos secundarios, luego por árboles, el silencio del habitáculo era tenso, quebrado solo por el ronroneo del motor y en la mente del empresario y mafioso solo algo se repetía, y eso era que una niña de cuatro años no debería necesitar un psicólogo.
La imagen de Amy, con los labios secos, se superpuso con la de otro rostro, el de Dakota, con el maquillaje perfecto, los labios carnosos pintados de rojo, alzando la barbilla mientras le decía que se iba, que se marchaba con otro hombre, un hombre al que el mundo criminal conocía como La Sombra Italiana, y Owen apretó los dientes ante ese recuerdo.
Javier, siempre prudente, no dijo nada, porque sabía leer los silencios de su jefe, sabía cuándo era mejor ser invisible.
Llegaron al portón de hierro que marcaba la entrada a la propiedad norte, donde un guardia los dejó pasar sin hacer preguntas, el camino se volvió de tierra, luego grava, luego casi sendero, hasta que la vegetación se cerró alrededor del vehículo, y cuando el automóvil se detuvo frente a la cabaña principal, de madera oscura, Owen ya había tomado una decisión muy clara.
—Prepara el rifle grande —ordenó, saliendo del vehículo sin esperar respuesta.
Javier tragó saliva, pero asintió.
—Sí, señor.







