Mundo de ficçãoIniciar sessãoMartín había perdido la cuenta de cuántas veces había mirado el reloj.
—No se preocupe, de verdad —dijo Ava por tercera vez, con la taza de té entre las manos— No tengo nada mejor que hacer esta noche.
No era del todo cierto, porque podría estar en el motel, contando los billetes que le quedaban y mirando el techo, pensando en todo lo que había perdido, pero, entre eso y esperar en una mansión silenciosa con la posibilidad de un trabajo estable… elegía la mansión.
Martín le dedicó una media sonrisa educada.
—El señor Moore pidió expresamente que se quedara hasta su regreso —explicó, con ese tono respetuoso que nunca terminaba de relajarse— Prefiero… cumplir sus órdenes.
De esa forma cenaron en el comedor secundario, no en el principal, Martín había insistido en que aceptara una cena “decente” mientras Amy dormía, y el plato frente a ella era tan abundante que la hizo sentir casi culpable, carne al punto, verduras salteadas, un puré cremoso que olía a gloria.
—Si esto es lo que sobra —comentó Ava, probando un poco— no quiero imaginar cómo será la cena oficial.
—Lo que se sirve a Amy —respondió Martín, sin darse importancia— debe ser, como mínimo, de esta calidad. Aunque… —bajó la mirada un segundo— no siempre lo coma.
El recuerdo de Amy probando las primeras cucharadas esa tarde se le clavó a Ava en el pecho, la voz ronca de la niña, y ese “¿estarás siempre conmigo?”. La forma en que había apretado los labios antes de dar el primer bocado, como si se estuviera lanzando a un precipicio, Ava tragó puré y las emociones a la vez, mientras al otro lado de la ciudad, Owen Moore ya había terminado su cena de negocios hacía rato.
Desde que Amy había dicho “es mi comida” frente a las cámaras, no había vuelto a la mansión, porque debía de trabajar, al menos eso era lo que decía, aunque lo que realmente había hecho, en cuanto las luces de la oficina se apagaron, fue llamar a su gente, y en menos de una hora tenía, sobre su escritorio, un informe bastante exhaustivo para tratarse de una desconocida.
Nombre: Ava Hope.
Huérfana.
Orfanato en Nueva York.
Historial académico impecable. Becas completas.
Trabajos: florería los últimos cuatro años. Sin antecedentes penales, sin deudas importantes.
Compromiso reciente con Carson White, heredero de Austin White, empresas de turismo. Boda cancelada. Ella lo abandonó.
Owen había soltado una carcajada seca al leer ese párrafo, y es que los White no estaban a su nivel, ni en lo legal, ni en lo… otro, pero jugaban en el mismo tablero, y que la novia modelo hubiese huido a una semana de la boda, debía haber sido un golpe duro para Austin, y a Owen le gustaba la palabra “golpe” cuando no era él quien lo recibía.
Pasó la página con dedos ágiles, verificó fechas, direcciones, cruzó en su mente nombres de empresas, vecindarios y nada saltaba como alarma, Ava era huérfana, responsable, estable, con un buen expediente, y un pasado sentimental roto, y, sobre todo, la única persona que había logrado que Amy hablara y comiera… en meses.
—Suficiente —murmuró, cerrando la carpeta.
Salió de la oficina, subió al automóvil con el conductor y ordenó de un tono breve.
—A casa.
Cuando el motor del SUV negro atravesó el portón, en la mansión cambió el aire, Martín estaba en la sala con Ava, hablando de cosas neutras, como rutinas de la casa, horarios aproximados, cuando uno de los teléfonos internos vibró en su bolsillo, Martin lo sacó, leyó el mensaje corto y su postura se irguió instintivamente.
—El señor ha llegado —anunció, con ese “señor” que pesaba más que un simple título— Si es tan amable de acompañarme a la sala principal…
Ava dejó la taza en la mesa de centro y se puso de pie de inmediato, se alisó, por reflejo, la falda sencilla que llevaba había pasado horas cuidando de Amy, jugando en su cama, inventando historias que disfrazaban cucharadas de comida, por lo que sentía el cansancio en las piernas… y, sin embargo, estaba más despierta que nunca.
El corazón le latía con fuerza, porque era la primera vez, desde que dejó Nueva York, que alguien podía cambiar su vida con una sola palabra, contratada… o no.
Caminaron hacia la sala principal, y allí todo era más solemne, los techos altos, una gran chimenea apagada, sofás de cuero, una alfombra espesa, y Ava se detuvo cerca de uno de los sillones, sin sentarse, simplemente esperando.
Y no tuvo que esperar mucho, porque las puertas dobles se abrieron y Owen Moore entró, la primera impresión fue… grande, Owen era más alto de lo que había imaginado, hombros anchos, traje oscuro perfectamente cortado, de cabello negro, algo largo, ligeramente ondulado, enmarcaba un rostro de facciones duras, y la mirada era… fría, calculadora, como la de alguien acostumbrado a medir a los demás en segundos, no llevaba corbata; y el primer botón de la camisa estaba desabrochado, un detalle mínimo que, sin embargo, no restaba ni un centímetro a su presencia.
Martín dio un paso atrás, con una reverencia leve.
—Señor, bienvenido, la señorita Ava ha estado esperando por usted, como lo indicó.
Owen asintió apenas, sin apartar los ojos de ella y Ava se obligó a respirar, mientras daba un pequeño paso hacia adelante.
—Señor Moore… —empezó.
Pero Owen levantó una mano y su voz, grave y firme, la interrumpió, sin brusquedad, pero sin espacio a réplica.
—Simplemente llámame, Owen. —Sus ojos recorrieron su rostro con una atención helada, como si la comparara con la versión que había leído en el informe— Porque yo te llamaré Ava.
Ava cerró la boca, y solo asintió con un gesto corto.
—No es necesario que hagas ningún tipo de presentación —continuó él— Sé lo suficiente de ti.
Dio unos pasos en la sala, no para acercarse más, sino para situarse en un punto desde el cual la veía y, al mismo tiempo, dominaba el espacio, Owen era como un animal de territorio que escogía su posición.
—Estás contratada —soltó, sin preliminares— Si es que las condiciones realmente te agradan, Martín, trae el contrato.
El mayordomo desapareció del salón con la eficiencia de quien ya sabía que esa orden iba a llegar, mientras que Ava se quedó de pie, sintiendo por primera vez el peso silencioso de esos ojos oscuros sobre ella, no eran los de un hombre curioso, más bien eran los de alguien que ya había decidido… y que solo estaba verificando si su decisión iba a darle problemas.
En menos de un minuto, Martín regresó con una carpeta gruesa, que colocó sobre la mesa baja frente a ella.
—Aquí, señorita.
Ava se sentó en el borde del sofá, abrió la carpeta y empezó a leer, la letra nítida, las cláusulas claras, allí no había letras demasiado pequeñas, ni frases ambiguas, a un lado, cifras, al otro, horarios, responsabilidades, confidencialidad, sus ojos, acostumbrados a devorar libros en el orfanato y contratos de becas en la adolescencia, se movían rápidos y se detuvieron cuando llegó a la parte del salario... Era mucho.
—Creo que el salario es… demasiado para una niñera. —musitó, casi para sí misma, pero Owen la escuchó.
—El título de niñera se queda corto —replicó, cruzando los brazos— No es como si te ocuparas de un niño cualquiera.
Su tono no era de orgullo, exactamente, más bien era de advertencia.
—Estarás a cargo de mi hija en todo sentido —continuó— De más está decir que es lo más preciado que tengo. —Sus ojos se entornaron apenas— El hecho de que suceda un accidente y, por alguna razón, un día llegue a mi mansión y encuentre a mi hija aunque sea con un raspón…
Hizo una pausa breve, no levantó la voz, porque no lo necesitaba.
—Créeme que no te gustará saber qué es lo que sucederá.
Martín, que estaba a un lado, contuvo instintivamente el aire, estaba acostumbrado a ese tono, la mayoría de la gente se encogía ante él, pedía disculpas anticipadas o balbuceaba promesas, Ava, sin embargo, levantó la mirada del papel, y sus ojos se encontraron.
—Las amenazas están de más, señor… Owen —respondió ella, midiendo la forma en que decía su nombre— Sea su hija o cualquier otro niño, siempre y cuando esté bajo mi cargo, estoy segura de que lo cuidaré.
El silencio que siguió fue denso, Martín abrió ligeramente los ojos, porque no recordaba la última vez que alguien replicara así a Owen, sin titubear, y el propio Owen alzó una ceja, como si aquella respuesta le hubiera resultado… interesante.
El mayor no se ofendió, ni sonrió, pero algo, mínimo, cambió en su mirada, y dejó de ver a Ava solo como un expediente.
—Bien —concedió, con un leve movimiento de cabeza— Digamos que te creo, entonces.
Se acercó un paso más, lo justo para quedar al otro lado de la mesa.
—¿Estás conforme o no?
Ava volvió a bajar la vista a las hojas.
—Te recomiendo que releas el contrato —añadió él— Aquí no hay días de descanso, ni días festivos, las vacaciones se adaptarán a lo que mi hija necesite.
Owen se apoyó en el respaldo de un sillón, cruzando un tobillo sobre el otro.
—Puede que en un año te puedas tomar una licencia de dos meses… —su voz fue neutra, casi como si hablara de una operación logística— como también puede que no te puedas tomar vacaciones hasta que mi hija cumpla los dieciocho años… O hasta que tú renuncies, claro está.
Ava repasó las cláusulas, comprobando que allí no había engaños, todo estaba, como pensó, negro sobre blanco, comprendía que no era un trabajo cualquiera, no era “ser niñera” y ya, era… entrar en el epicentro de la vida de una niña fracturada, y en la órbita de un hombre peligroso… Necesitaba el dinero, si, pero, más que eso, recordaba los ojos de Amy cuando le había preguntado si estaría siempre con ella.
—¿Tiene pluma?
Por primera vez en toda la noche, algo parecido a una sonrisa se insinuó en la comisura de los labios de Owen, no una sonrisa abierta, sino un amago, un gesto que decía “bien, al menos no tiembla”, entonces sacó una pluma estilográfica del bolsillo interior de su chaqueta y se inclinó un poco para ofrecérsela, Ava extendió la mano, pero cuando sus dedos rodearon el cuerpo frío de metal, notó que él no la soltaba, la pluma quedó atrapada entre ambas manos y Ava alzó la mirada, sorprendida.
Owen se inclinó apenas, lo justo para acortar la distancia, sus ojos, de cerca, eran más oscuros aún y en ellos no había simpatía, pero tampoco hostilidad gratuita, más bien había… una especie de advertencia final.
—Solo una cosa más, Ava. —dijo, en voz más baja.
Y la joven mantuvo la mirada, intrigada.
—No le hagas promesas a mi hija que no puedas cumplir.
El corazón de Ava dio un pequeño salto, Martín, desde su posición discreta, bajó la vista un segundo, porque él sabía, de qué estaba hablando su jefe, pero Ava no, hasta que Owen añadió.
—Le prometiste a mi hija estar siempre con ella.
Un escalofrío le recorrió la espalda, y fue cuando lo recordó, Amy, las cámaras, los osos de peluche, la habitación del cuarto piso, la bandeja, el puré, las palabras “estaré siempre” le llenaron a Ava los ojos de invisibles recuerdos.
—Espero —continuó Owen, sin romper el contacto visual— que no haya sido la misma promesa que le hiciste a tu prometido.
A Ava el color le subió a la cara como una bofetada y de inmediato la joven sintió el pinchazo doble, la molestia y culpa. ¿Con qué derecho ese hombre metía las manos en su pasado? ¿Con qué derecho pronunciaba la palabra “prometido” como si fuera un error en un informe?, pero la respuesta le llegó sola, con el derecho de quien estaba a punto de confiarle a su hija a una desconocida y, debía de admitir que, si ella estuviera en su lugar, con su poder, con sus recursos… también investigaría a cualquiera que se acercara a lo que amaba, y por lo visto, ese hombre amaba a su hija.
—Eso tiene una explicación… —empezó Ava, con un hilo de dignidad.
Pero Owen apartó la pluma justo entonces, permitiéndole por fin tomarla por completo.
—Estoy seguro de que sí —replicó, seco— Aunque créeme, no me interesa oírla, solo no olvides, en el futuro, no le hagas promesas a mi hija que no puedas cumplir.
Ava apretó la pluma entre los dedos, y no replico nada, solo se inclinó sobre el contrato, buscó la última página, aquella donde su nombre aparecía impreso bajo una línea horizontal, y firmó, y Owen no esperó más de lo necesario, tomó la carpeta, verificó que la firma estuviera donde debía, cerró con un clic preciso y se la entregó a Martín.
—Lleva a la señorita Ava a su nueva habitación —ordenó— Mañana a las siete quiero el desayuno de Amy servido. —Hizo una pausa breve— Y a las siete y cinco… quiero un informe de cuánto comió.
—Sí, señor —respondió Martín.
Owen se dio media vuelta, sin despedirse, sin estrecharle la mano, sin mirar atrás, cruzó la sala y desapareció por el pasillo que conducía a su despacho privado, mientras Ava se quedó viéndolo alejarse… La paga era buena, el trabajo, difícil y el jefe… un enigma con bordes afilados, y Ava no estaba segura de querer descifrarlo.
Pero mientras seguía a Martín por el pasillo hacia la que sería su habitación, supo algo con absoluta claridad, ella no se había quedado solo por el salario, ni por el techo, se había quedado porque, por primera vez desde que dejó Nueva York, sentía que alguien, una niña de ojos tristes, la necesitaba de verdad, y eso… eso pesaba más que cualquier amenaza velada de Owen Moore.







