Mundo ficciónIniciar sesiónAva salió de la cafetería con el delantal todavía colgando de un botón mal abrochado, el olor a café rancio pegado a la piel y un nudo duro en la garganta, una semana “a prueba”, eso le habían dicho también en el restaurante donde trabajó las primeras dos semanas en Dallas, solo siete días, luego veremos, pero terminó siendo el doble de horas, el doble de turnos, bandejas pesadas, sonrisas forzadas, pies hinchados, y al final, cuando se atrevió a preguntar si la contratarían, el gerente apenas levantó la vista de la caja.
—No cumples con el perfil, lo siento, aquí tienes lo que ganaste.
Lo que *ganaste*, un sobre flaco, ridículo, que ni siquiera cubría la mitad de lo que ella había calculado mentalmente, porque el resto, al parecer, había sido “práctica”, para ellos, porque para ella en realidad, había sido un robo.
Apretó más la chaqueta contra el pecho mientras caminaba hacia el auto, el sol de media tarde caía sin piedad sobre el asfalto de Dallas, pero la sensación que tenía era de frío, era frío en las manos, frío en el estómago, porque tenía dinero, sí, pero contándolo con los dedos, con cuidado y a lo sumo, tendría para tres días más de motel, tres noches de una cama dura, con un baño compartido y paredes tan finas que escuchaba las discusiones de la habitación de al lado.
En Nueva York había tenido un trabajo fijo, un sueldo estable, una pequeña cuenta de ahorros, sin nada espectacular, pero suficiente para dormir sin sobresaltos, hasta que decidió que iba a casarse, que iba a formar una familia, que iba a hacer lo correcto… “Orgullo”, se dijo con amargura, apoyada ya contra la puerta de su auto, eso y una fe ciega.
Recordó el día en que puso sus ahorros, todos, en un sobre blanco y lo entregó a los padres de Carson.
—No es necesario, Ava —había dicho la señora White, con una sonrisa amable, un tanto incómoda— Nosotros nos encargamos de todo.
—Lo sé —respondió ella, terca— Pero quiero aportar algo, aunque sea simbólico.
Sabía que su modesta cantidad no alcanzaba ni para la propina de los mozos de la boda, lo sabía a la perfección, pero quería mirar aquella vida sin sentirse un lastre, porque era consiente que la familia White era adinerada, pero ahora, mientras buscaba las llaves en el bolso, se preguntó en qué cajón de la mansión White habría terminado ese sobre, si lo habrían abierto siquiera, si habría servido para algo… más que para dejarla casi sin nada en una ciudad que no conocía.
El teléfono vibró en el fondo del bolso, era Carson, lo sabía y ni siquiera necesitó mirar la pantalla para saberlo, porque hacía tres semanas que el mismo nombre aparecía una y otra vez, intercalado con llamadas de la señora White, mensajes, llamadas perdidas, insistencia, claro que no los había bloqueado, solo había comprado un nuevo y usado teléfono móvil y aun así había dejado el anterior en el fondo del bolso, como un recuerdo que no se atrevía a romper del todo.
“Pausa,” se había prometido, “Primero resuelvo cómo voy a vivir. Después, si todavía tiene sentido, hablaré con ellos.”
Deslizó el dedo, apagó la pantalla y guardó el teléfono sin responder, abrió la puerta del auto, se sentó al volante y dejó la cabeza caer un segundo hacia atrás, cerrando los ojos, no podía seguir así de prueba en prueba, de casi-empleo en casi-salario, necesitaba algo estable que no la dejara, dentro de tres días, en la calle, y fue cuando recordó las pancartas que había visto en la plaza del centro, un tablero comunitario donde la gente colgaba anuncios de alquiler, clases privadas, trabajos ocasionales, nada glamoroso, pero a estas alturas, glamur era una palabra que le daba risa.
“Empleada cama adentro. Niñera. Cuidado de adultos mayores.”
Eso buscaba ahora, no solo un empleo, sino un techo, por lo que puso el auto en marcha y se dirigió hacia la plaza.
El tablero comunitario era un rectángulo de madera lleno de papeles doblados, carteles mal impresos, notas manuscritas con bolígrafo azul, allí había volantes de “se alquila habitación”, “clases de matemáticas”, “compro automóvil en efectivo”. Anuncios arrugados que el viento mecía con desgano, y Ava se acercó y empezó a leer uno por uno.
—Empleada doméstica, experiencia comprobable, sin alojamiento… no —murmuró, pasando la vista— Cuidadora de ancianos, solo noches… imposible con un trabajo diurno. Niñera por horas, traer referencias… referencias, claro.
Sus dedos rozaron un papel blanco, nuevo, escrito a máquina con un tipo de letra sobria, no tenía colores ni dibujos infantiles, solo texto.
“Se busca niñera residente, para niña de 4 años, único requisito indispensable, ser capaz de lograr que la niña coma, se ofrece alojamiento y manutención, buena paga, interesadas, presentarse en…”
El resto era una dirección en las afueras de la ciudad, un barrio que ella no conocía, pero que por el código postal sonaba caro, Ava se quedó inmóvil unos segundos, “Único requisito: ser capaz de lograr que la niña coma.” No pedían títulos, ni pedían años de experiencia certificada, no pedían cartas de recomendación, solo pedían… que alguien alimentara a una niña.
Y fue cuando le vino a la mente, sin quererlo, una imagen del orfanato, los platos metálicos, la sopa aguada, la fila de niños con ojos demasiado grandes, recordó cuando, con apenas diez años, se agachaba para ayudar a una de las más pequeñas a terminar su ración, inventando historias sobre cómo aquel puré era “nieve mágica” o “papilla de dragón” para convencerla de dar un bocado… Sabía tratar con niños, y sabía lo que era tener hambre, por lo que sin pensarlo demasiado, arrancó el papel del tablero, lo dobló con cuidado y caminó hacia el auto.
Tenía tres días de motel, un tanque de gasolina a medio llenar y un anuncio en la mano, no era mucho, pero era algo.
El GPS la guió por una carretera flanqueada de árboles, luego por una calle amplia de casas grandes, y finalmente por un portón de hierro forjado que se alzaba frente a un largo camino privado, Ava redujo la velocidad, tragando saliva, el muro perimetral era alto, perfecto, sin un solo grafiti, sin una sola grieta, noto como una cámara seguía el movimiento de su auto mientras se acercaba al portón.
—Sí… hola —dijo, bajando la ventanilla cuando vio el intercomunicador— Vengo por el anuncio de niñera.
Hubo un segundo de silencio, un chasquido leve en la línea, y luego una voz masculina, educada pero tensa.
—Pase, por favor.
El portón se abrió despacio, y Ava condujo por una entrada de grava que crujía bajo las ruedas, el jardín parecía sacado de una revista, césped perfecto, árboles estratégicamente ubicados, una fuente discreta, la mansión, se alzaba al fondo, blanca y sobria, con grandes ventanales.
Aparcó donde le indicaron, se arregló el cabello en un gesto casi instintivo y se bajó del auto, sujetando su bolso contra el cuerpo, y la puerta principal se abrió antes de que tocara el timbre, el hombre que apareció tenía el pelo entrecano, traje oscuro impecable y una expresión que mezclaba cansancio con urgencia, era mayor, pero sus movimientos eran firmes.
—Señorita Hope —dijo él, inclinando la cabeza apenas— Soy Martin, el mayordomo de la casa, me avisaron por la cámara. ¿Viene por el aviso?
—Sí —respondió Ava— Buenas tardes.
Martin la invitó a pasar, el interior era amplio, luminoso, con pisos brillantes y muebles caros pero discretos, no había excesos de color, ni fotos a la vista, todo era… controlado.
—Le seré sincero, señorita —empezó Martin mientras caminaban hacia una sala lateral— El señor Moore no se encuentra en la mansión en este momento, y, dado su carácter, lo normal sería esperar a que él la entreviste personalmente.
Ava asintió, tensa.
—Claro, entiendo.
—Pero las cosas… —Martin hizo una pequeña pausa, como buscando palabras— han dejado de ser normales hace tiempo.
Se detuvieron en una pequeña sala con sillones claros, cuando Martin le indicó que se sentara, pero él permaneció de pie.
—¿Sabe algo de la situación de la niña? —preguntó.
—Solo que tiene cuatro años y… que hay que lograr que coma.
Martin suspiró.
—La señorita Amy estuvo internada hace unas semanas, por deshidratación, no come ni bebe lo suficiente, no habla casi... ella no responde a nadie, ni a su padre. —Hizo una mueca de dolor que trató de disimular, porque había servido a la familia desde siempre— Hemos tenido ya más de diez niñeras en este último tiempo, y ninguna ha logrado nada la mayoría no regresó ni al segundo día.
Ava sintió con un nudo en la garganta.
—¿Y… la madre?
—La señora Dakota… no vive aquí —respondió Martin, con una cortesía fría, y no dijo más, aunque no hizo falta. —El señor Moore está… desesperado —continuó el mayordomo, con honestidad— No lo dirá así, pero lo está, teme otra internación y tememos que, si esto sigue, haya que ponerle una sonda para alimentarla, eso… no sería bueno para nadie. —La miró con una seriedad franca— Por eso, aunque el señor no esté, si usted está dispuesta… podemos intentarlo hoy mismo.
Ava parpadeó, tomada por sorpresa.
—¿Hoy?
—La niña está en su habitación, no quiero ilusionarla es posible que no le dirija la palabra... Es posible que no la mire, o que le grite o… que simplemente se quede acostada mirando al techo.
Ava pensó en su cuenta del motel, pensó en la bandeja de comida del orfanato, pensó en sus manos temblorosas la noche en que dejó el anillo sobre la mesa de la cocina.
—Puedo intentarlo —dijo, alzando la barbilla— Si me lo permite.
Martin la estudió un segundo, como si buscara flaquezas en su voz, pero no encontró por lo que asintió.
—Sígame.







