Dos semanas después de haber firmado el contrato, Ava ya conocía la mansión Moore mejor que el motel barato donde había pasado sus primeras noches en Dallas, sabía cuáles escalones del ala norte crujían si se pisaban del lado izquierdo, y qué ventana del pasillo del tercer piso dejaba entrar más luz al atardecer, sabía que, si llevaba a Amy al jardín a las cuatro de la tarde, el sol daba justo en el columpio y la niña entrecerraba los ojos, como si por un segundo el mundo le pesara menos, lo que Ava no sabía, era cuántos ojos la seguían, además de los de Amy.Owen, por ejemplo, poseía en la pantalla de su teléfono, en un mosaico de recuadros pequeños, la mansión entera se desplegaba en tiempo real, el pasillo principal, el jardín, la entrada, las escaleras de servicio, la sala de juegos, la cocina, el estudio y, por supuesto, la habitación de Amy, y es que en la mansión había cámaras en todos lados, algunas visibles, la mayoría no, claro que Owen había empezado con todo aquello como u
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