Dos semanas después de haber firmado el contrato, Ava ya conocía la mansión Moore mejor que el motel barato donde había pasado sus primeras noches en Dallas, sabía cuáles escalones del ala norte crujían si se pisaban del lado izquierdo, y qué ventana del pasillo del tercer piso dejaba entrar más luz al atardecer, sabía que, si llevaba a Amy al jardín a las cuatro de la tarde, el sol daba justo en el columpio y la niña entrecerraba los ojos, como si por un segundo el mundo le pesara menos, lo qu