Mundo ficciónIniciar sesiónEl bosque lo recibió con un olor a tierra húmeda y hojas viejas a la vez que el cielo se filtraba en jirones entre las copas de los árboles altos, aquí no había monitores, ni bata blanca, ni palabras como “psicólogo” o “trastorno”, aquí solo existía la respiración, el crujido de las ramas, la vida y la muerte en su forma más primaria.
Owen caminaba con el rifle apoyado en el hombro, los pasos seguros sobre el terreno irregular, llevaba botas, pantalón oscuro, camiseta negra había dejado la ropa de empresario en la cabaña como si fuera una piel que no necesitara ahí, no traía guardaespaldas, ni traía escolta, solo cargaba ira, la cual podía sentir, densa, empujando contra las costillas, alimentándose de la imagen de Amy en la cama del hospital y la voz del médico, además de las tarjetas de psicólogos que no pensaba tocar, al menos no hoy, y el recuerdo de Dakota firmando los papeles del divorcio sin parpadear.
Siguió caminando, más adentro, más lejos, hasta que el silencio del bosque se volvió casi absoluto, entonces se detuvo, cerró los ojos y escuchó.
En la distancia, un crujido pesado, una rama rota, y el movimiento de un cuerpo grande entre los arbustos, su instinto, tan afinado para captar peligros en la ciudad, se trasladó sin problemas al terreno natural, entonces abrió los ojos, y se agachó levemente, apoyó la culata del rifle contra su hombro y apuntó hacia el claro del que provenía el ruido y… Lo vio.
Un oso grande, de pelaje oscuro, hocico curioso, olfateando el aire, buscaba comida, tal vez agua, ajeno al hecho de que había entrado en territorio de un hombre que no estaba en su sano juicio, Owen contuvo el aliento, su dedo descansó sobre el gatillo, en ese momento no pensaba, no analizaba, ni calculaba riesgos, ni beneficios, ni repercusiones, Owen solo necesitaba descargar la furia que amenazaba con ahogarlo.
El disparo retumbó en el bosque, ahuyentando pájaros, rompiendo el equilibrio de la tarde, y el cuerpo del animal se estremeció antes de caer pesadamente sobre la hojarasca, levantando una pequeña nube de polvo y hojas.
Durante unos segundos, solo hubo eco, hasta que Owen bajó el rifle despacio, miró al oso inmóvil, el pelaje manchado de sangre, mientras su pecho subía y bajaba con respiraciones profundas, controladas, y la furia, esa presión insoportable, empezó a disiparse, dejando tras de sí un hueco.
No era un loco que saliera a las calles a matar personas, no era un asesino sin control, disparando contra lo que se moviera, al menos no si podía evitarlo, porque había aprendido, desde hacía mucho, que a veces la única forma de callar el ruido dentro de su cabeza era ver a algo morir frente a él.
Respiró hondo, y coloco el seguro al rifle, mientras se acercaba al animal, se aseguró de que estaba muerto, por supuesto que no se regodeó, mucho menos sonrió, no sentía placer solo… alivio, un alivio agrio, insuficiente, pero mejor que nada.
—Llévenselo —ordenaría después a sus hombres— Que aprovechen la carne, la piel, no quiero que se desperdicie nada.
Por ahora, en el bosque, se permitió quedarse unos segundos más, solo, escuchando cómo el eco del disparo se perdía en la distancia.
El agua caliente de la ducha golpeó su espalda como una lluvia furiosa, la cabaña olía a madera húmeda y jabón caro, Owen apoyó la frente en los azulejos fríos, dejando que el agua arrastrara el sudor, la tierra y algo más difícil de nombrar.
No era un hombre dado a las lágrimas, no lloró cuando vio a su padre muerto, no lloró cuando asumió el control de sus primeras rutas, no lloró cuando una transacción limpia se tiñó de rojo, y tampoco lloraría hoy… Pero cerró los ojos un segundo de más cuando la imagen de Amy volvió, tan nítida que casi parecía estar detrás de la mampara de vidrio.
“Trastorno emocional.”
Quiso partir algo con las manos, pero solo se obligó a apagar el grifo, se secó de forma automática, se puso ropa limpia, camisa gris oscura, pantalón negro, botas pulidas, y la corbata quedó doblada sobre la cama; no tenía energía para ese tipo de formalidades, cuando salió de la cabaña, el SUV ya lo esperaba con el motor encendido.
—Al hospital —dijo, sin rodeos.
—Sí, señor —respondió Javier, abriéndole la puerta.
El vehículo se puso en marcha, la luz del atardecer iba tiñendo de naranja las copas de los árboles mientras se alejaban del bosque y recuperaban camino hacia la ciudad, en el trayecto, el silencio volvió a llenarse de recuerdos.
No de Amy esta vez, sino de Dakota.
La última vez que la vio como su esposa, ella llevaba un vestido blanco, corto, demasiado ajustado, más apropiado para una pasarela que para una sala de estar, tenía las uñas perfectamente pintadas, el cabello suelto cayendo sobre los hombros, y en los ojos ese brillo inquieto que él había aprendido a reconocer como “algo va a pedirme”, y no se equivocó.
—Quiero el divorcio, Owen. —había dicho, cruzando las piernas con naturalidad.
Él no se sorprendió, al menos no del todo, lo que lo sorprendió fue la forma casi alegre en que lo dijo, como si le estuviera pidiendo cambiar de restaurante.
—Bien —respondió él, sin levantar la voz— Lo firmaré.
Ella parpadeó, desconcertada por la rapidez.
—¿Así, sin más?
—Así, sin más.
Nunca la había amado, y eso no era un secreto, lo que hubo entre ellos fue otra cosa, una especie de acuerdo tácito, un intento suyo de “hacer lo correcto” cuando ella apareció con una prueba de embarazo en la mano y una sonrisa ganadora, una Miss Universo con un hijo suyo en camino. ¿Qué hacía un hombre en su posición? Asumir su responsabilidad, o eso pensó, le dio su apellido, le dio una mansión, le dio todo lo que le pidió, excepto lo único que no tenía, amor.
Y Dakota a su vez, le dio una hija, excepto lo único que no estaba dispuesta a ofrecer, maternidad.
—Puedes llevarte lo que quieras —dijo él aquel día— Menos a Amy.
Dakota puso los ojos en blanco.
—No soy el tipo de mujer que se encadena a un niño, Owen, no nací para eso.
La conversación posterior con Martin, en el estudio, había quedado grabada a fuego en su memoria.
El mayordomo, de traje impecable, lo miraba desde el otro lado del escritorio de madera maciza, había respeto en sus ojos, pero también una preocupación sincera que muy pocos se atrevían a mostrarle.
—Señor… disculpe que interfiera, pero… —había empezado Martin, midiendo cada palabra— ¿No debería advertirle a la señora que el mafioso del que dice haberse enamorado…?
Se detuvo, y tragó saliva.
—¿Alessandro Santoro? —completó Owen, con una media sonrisa sin humor.
—Sí, señor, la Sombra Italiana, es un hombre sin escrúpulos, ya fue capaz de asesinar a su esposa anteriormente, no quisiera que la señora…
—Gracias por el consejo, Javier —lo interrumpió Owen, girando el vaso de whisky entre los dedos— Pero créeme que ella conoce a la perfección la historia, fue mi error llevarla a esa reunión y presentarla a Alessandro Santoro, pero fue su error… poner los ojos en él.
El hielo tintineó contra el cristal.
—Ese hombre no sabe lo que es el amor —añadió, apoyándose en el respaldo— Y si te soy sincero, yo tampoco.
Javier frunció el ceño.
—Pero… creí que usted amaba a la señora.
—Javier… —Owen soltó una risa baja, seca— Primero que nada, deja de tratarla de señora, está más que claro que una mujer capaz de abandonar a su hija sin mirar atrás, no merece ese título, y segundo… lo que tenía con ella solo era el honor de un hombre que embaraza a una mujer, el deber, el querer hacer las cosas bien… aunque sea una vez en la vida.
Bebió un trago.
—Pensé que lo estaba haciendo bien, nunca la engañé, jamás le negué nada, en cuanto al sexo… —entornó los ojos con amargo sarcasmo— creí estarla atendiendo lo suficiente, pero tal parece que no es el caso, o quizás no soy un mafioso tan… sanguinario como a ella le gustaría.
Martin apretó los labios, porque había cosas de las que prefería no saber detalles.
—En fin —suspiró Owen, girando el vaso vacío entre las manos— Si consigue o no llegar a la cama de Alessandro Santoro, es problema de ella, lo único que espero es que no arruine mis negocios con La Sombra Italiana, porque en ese caso, quizá… imite a Alessandro, y asesine a la madre de mi hija con mis propias manos.
El silencio que siguió a esa frase fue tan denso que ni el tic-tac del reloj se atrevió a interrumpirlo, porque Martin entendió, sin necesidad de más aclaraciones, que no estaba ante una amenaza vacía, porque Owen Moore no era un hombre que hablara por hablar.
El recuerdo se desvaneció cuando el SUV tomó la salida hacia el hospital, las luces de la ciudad volvían a rodearlos, el motor se detuvo frente a la entrada principal y Javier lo miró desde el espejo retrovisor.
—¿Desea que lo espere aquí, señor?
—Sí —respondió Owen, ajustándose las mangas de la camisa— No tardaré.
Bajó del vehículo y cruzó la entrada del hospital con paso firme, la furia se había enfriado en el bosque, al menos lo suficiente como para que su rostro recuperara esa máscara de control que tanto intimidaba a socios y enemigos, pero debajo de esa calma había algo nuevo, algo que no sabía manejar, una sensación de… incompetencia.
Podía mover aviones, flotas, hombres armados, podía decidir en un segundo la vida o muerte de un traidor, podía negociar con mafiosos que tenían sangre en las manos, con políticos que tenían sangre en las firmas, y, sin embargo, no sabía cómo lograr que una niña de cuatro años abriera la boca para recibir una cuchara de sopa.
Cuando se detuvo frente a la puerta de la habitación de Amy, apoyó la mano en el picaporte y se obligó a inspirar hondo, era tiempo de volver a entrar, en ese momento, Owen Moore todavía no imaginaba que la ayuda especializada que su hija necesitaba, no iba a llegar primero en forma de psicóloga, ni de psiquiatra, ni de ningún hombre de bata blanca, sino que iba a llegar en forma de una joven huérfana, con el corazón roto, que conducía hacia Dallas con una maleta en el asiento trasero y ninguna idea de que, al cruzar sus caminos, iba a cambiar para siempre la vida de los dos, y la de todos los que se atrevieran a acercarse a ellos.







