La noche caía sobre la ciudad con una parsimonia pesada, como si el cielo supiera que algo se avecinaba. Pamela miraba por la ventana de la oficina administrativa de Étoile, con una taza de té entre las manos. El nombre de Ezequiel seguía dando vueltas en su cabeza como una campana vieja que no cesaba de sonar. A su lado, Cristhian revisaba informes, con el ceño fruncido y el corazón alerta.
Habían pasado solo unas horas desde que Camila había pronunciado aquel nombre. El eco de su voz infantil