El silencio de la noche caía como un manto pesado sobre la casa Guon-Duarte. La ciudad aún respiraba con luces titilantes, pero en el corazón de Pamela no había más que un nudo de incertidumbre. Habían pasado apenas unas semanas desde el ataque en el jardín privado de Étoile, una herida que todavía ardía en su piel y, sobre todo, en su alma. Lina había intentado arrancarle la vida, y aunque había sobrevivido, Pamela llevaba la sensación de que algo dentro de ella también había sido lacerado.
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