El jardín de Ètoile en donde se celebraba la íntima boda parecía suspendido en un sueño de cristal y susurros. La ceremonia había sido sencilla, casi secreta, como ambos lo habían deseado. No había multitudes ni fotógrafos, solo un círculo reducido de amistades fieles y algunas miradas cómplices que compartían con ellos la magia de ese instante.
Pamela, con un vestido de encaje suave y un velo que caía ligero sobre su espalda, parecía flotar en cada paso. Su mirada brillaba como un fuego sereno