Los días habían pasado con la lentitud de un reloj detenido en la penumbra. Desde aquella tarde en el jardín privado de Étoile, donde la sangre de Pamela manchó las rosas recién florecidas, la atmósfera se había cargado de un silencio contenido, como si la ciudad misma aguardara el desenlace de una tragedia escrita con tinta invisible.
Pamela aún convalecía en la habitación principal de la casan. La herida había sanado lo suficiente para permitirle caminar, pero el dolor se manifestaba como un recordatorio punzante de que la sombra de Lina y Luciana todavía rondaba cerca, acechando cada respiro, cada caricia, cada latido compartido. Cristhian apenas la dejaba sola; su vigilancia era férrea, como si en cualquier descuido la oscuridad pudiera arrebatársela de nuevo.
—Luz… —susurró él una noche, mientras la abrazaba con un fervor casi desesperado—. No voy a permitir que nadie vuelva a tocarte. Si tengo que arrasar con todo su mundo, lo haré.
Pamela, agotada, apoyó la cabeza en su pecho.