La brisa neoyorquina soplaba con sutileza aquella tarde en Étoile. Desde el ventanal del segundo piso, Pamela observaba a las alumnas ensayar una coreografía en la sala principal. Las risas suaves y el eco de los pasos sobre el linóleo la mantenían anclada a una realidad que, aunque hermosa, parecía desvanecerse poco a poco.
Apenas habían pasado unas semanas desde la reapertura oficial del centro. Tras el sabotaje que casi destruye su sueño, Étoile se había levantado con más fuerza. Las flores