La noche caía con una suavidad melancólica sobre Nueva York, mientras las luces de la casa Guon-Duerte se encendían una a una, reflejándose sobre los ventanales amplios que daban hacia el corazón palpitante de la ciudad. Pamela estaba sentada en el sofá, su mirada perdida en el horizonte de luces, abrazando una taza de té entre sus manos. El aroma a jazmín se mezclaba con el incienso suave que encendía cada atardecer, como si eso pudiera calmar la tormenta que desde hacía días habitaba en su p