La brisa marina acariciaba la piel de Pamela como una caricia tenue, apenas perceptible, mientras el sonido acompasado de las olas rompía con suavidad contra las rocas. El cielo estrellado parecía más profundo esa noche, más íntimo. La luna, llena y pálida, colgaba sobre el horizonte como un testigo silencioso del momento que se avecinaba. Todo estaba dispuesto con una delicadeza que conmovía. Una hilera de velas bordeaba el sendero de piedra que llevaba hasta el balcón de la casa de playa dond