América se sentó en su cama, encorvada y silenciosa. Nathan, en cambio, ocupó la silla del escritorio, ese espacio destinado a sus tareas escolares. Por dentro, él deseaba poder sentarse a su lado, acariciar su piel herida, pero la realidad le recordaba que era una niña a la par de él, una niña que acababa de pasar por un momento traumático con Jader. Estaba frágil, probablemente asustada. No era momento de dejarse llevar por el impulso, sino de ser su apoyo.
Sus ojos, esas dos esferas de miel