Carolina miró a Isabela sin entender por qué quería hacer algo así.
Antes de que Isabela pudiera explicarse, la puerta del café se abrió. Entraron Lucas, que llevaba a Valeria del brazo, y Alejandro.
La mirada de Carolina se clavó en la mano de Lucas apoyada en el hombro de Valeria y en la prominente barriga de esta. Bajó la voz, incrédula:
—Así que el desgraciado… te ha puesto los cuernos.
Isabela tomó su taza de café y se lo bebió de un trago.
—Sí. Hace poco me he enterado de que ellos ya llev