Cyrus soltó un bostezo y estiró los brazos mientras descontracturaba su cuello y espalda. Luego se levantó, agarró sus cosas y salió de su oficina.
Las luces del edificio comenzaban a apagarse piso a piso, y el murmullo habitual de empleados apurados se desvanecía. Stella ya estaba recogiendo cuidadosamente los papeles de su escritorio, apilándolos con ese orden casi obsesivo que tanto la caracterizaba.
Cyrus se detuvo un momento en la puerta, observándola.
Como ya habían pasado unos días