En aquel instante, sentía que el consultorio era un espacio cálido y tranquilo. La luz del atardecer se filtraba a través de las cortinas color marfil, tiñendo de oro las estanterías llenas de libros. En el aire flotaba el aroma suave del té de manzanilla, y un silencio pacífico lo envolvía todo, como si aquel lugar estuviera diseñado para permitir que los pensamientos se ordenaran sin miedo.
Stella se encontraba sentada en su sillón habitual, con las manos entrelazadas sobre las rodillas. Ha