VALENTINA
Mis dedos rozan el picaporte de la puerta principal cuando una sombra se interpone entre yo y la luz.
—Hermana Valentina.
La fría de Madre Benedetta me eriza la piel. Se coloca delante de mí con los brazos cruzados sobre el pecho, bloqueando el camino.
—¿Adónde cree que va, a esta hora y sin permiso?
Inspiro hondo, intentando que mi voz no tiemble. —A visitar a los niños, Madre. Al hospital. Necesitan ver un rostro conocido, necesitan…
—Lo que los niños necesitan es descanso y oraciones, no sus agitaciones —me interrumpe, sin dejar que termine la frase—. La Madre Superiora ya se ha encargado de enviar a la Hermana Clara con provisiones y consuelo espiritual. Es más que suficiente.
Un nudo de frustración se forma en mi garganta. —Pero yo… yo los conozco, Madre. Sé qué los tranquiliza, sus miedos…
—Y también sé que los puso en esas camas de hospital —replica ella, y sus palabras caen como losas, cada una cargada de una acusación que no se atreve a decir del todo. Sus ojos, peq