CAPITULO 38

VALENTINA

Mis dedos rozan el picaporte de la puerta principal cuando una sombra se interpone entre yo y la luz.

—Hermana Valentina.

La fría de Madre Benedetta me eriza la piel. Se coloca delante de mí con los brazos cruzados sobre el pecho, bloqueando el camino.

—¿Adónde cree que va, a esta hora y sin permiso?

Inspiro hondo, intentando que mi voz no tiemble. —A visitar a los niños, Madre. Al hospital. Necesitan ver un rostro conocido, necesitan…

—Lo que los niños necesitan es descanso y oracion
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