VALENTINA
Las horas se arrastran, pesadas como plomo, marcadas solo por el lento viaje de la luz de los vitrales sobre la piedra del suelo. El frío de la losa ha trepado desde mis rodillas hasta anidar en mis huesos, un dolor sordo y constante que es compañía fiel de mis pensamientos, más punzantes aún. La rabia ha cedido, transformada en una zozobra profunda y en una pregunta que reverbera: la calma de Benedetta.
Un crujido suave en la puerta me hace levantar la cabeza. Es Sor Giulietta, en su