VALENTINA
El amanecer no trajo alivio.
La campana sonó cuando el cielo aún estaba indeciso, suspendido en un gris sin promesas. Yo ya estaba despierta. No había dormido. El cuerpo había descansado por pura costumbre, pero la mente siguió despierta toda la noche, repitiendo escenas que no pedí recordar.
Me vestí en silencio. El hábito cayó sobre mí como una segunda condena. Cuando salí al pasillo, la hermana Clara ya me esperaba. Su rostro era sereno, casi luminoso, como si la fe fuera un abrigo que realmente la protegía del frío.
—Hoy vienes conmigo —me dijo—. A la plaza. Pediremos limosna. Madre Agnese cree que empezar abajo ayuda a volver a subir.
Asentí. No pregunté. No discutí. La penitencia no admite opiniones.
Salimos cuando la ciudad apenas respiraba. Las calles estaban húmedas por la llovizna nocturna y el aire olía a piedra mojada, a pan recién horneado y a cansancio viejo. Caminé con la cabeza baja, contando los pasos, repitiendo mentalmente oraciones que ya no sentía mías.