VALENTINA
El amanecer no trajo alivio.
La campana sonó cuando el cielo aún estaba indeciso, suspendido en un gris sin promesas. Yo ya estaba despierta. No había dormido. El cuerpo había descansado por pura costumbre, pero la mente siguió despierta toda la noche, repitiendo escenas que no pedí recordar.
Me vestí en silencio. El hábito cayó sobre mí como una segunda condena. Cuando salí al pasillo, la hermana Clara ya me esperaba. Su rostro era sereno, casi luminoso, como si la fe fuera un abrigo