VALENTINA
Dorian volvió a reír. No fue una carcajada, sino una exhalación baja, oscura, cargada de promesas que no quise imaginar.
—¿Osas desafiarme? —dijo.
Su voz ya no tenía burla. Era fría. Como una sentencia pronunciada sin necesidad de levantar el tono.
—Sí —respondí.
La palabra salió firme, incluso para mí.
—Atente a las consecuencias.
Le sostuve la mirada, aunque las piernas me temblaban y el pulso me golpeaba en los oídos.
—Así traiga consigo las siete plagas de Egipto —dije—, jamás me