VALENTINA
Dorian volvió a reír. No fue una carcajada, sino una exhalación baja, oscura, cargada de promesas que no quise imaginar.
—¿Osas desafiarme? —dijo.
Su voz ya no tenía burla. Era fría. Como una sentencia pronunciada sin necesidad de levantar el tono.
—Sí —respondí.
La palabra salió firme, incluso para mí.
—Atente a las consecuencias.
Le sostuve la mirada, aunque las piernas me temblaban y el pulso me golpeaba en los oídos.
—Así traiga consigo las siete plagas de Egipto —dije—, jamás me verá de rodillas ante usted.
Por un instante, el silencio pesó más que cualquier amenaza. El aire pareció tensarse entre nosotros, como si el mundo contuviera la respiración.
—Es lo que eliges, hermana —sentenció al fin.
—Sí.
Mi corazón seguía golpeando con furia, pero la humillación de la noche anterior era más fuerte que el miedo. Y por primera vez desde que lo conocía, comprendí algo con claridad brutal: no iba a romperme.
Dorian se marchó sin mirar atrás.
Clara estalló al segundo.
Me tomó de