VALENTINA
Sali del despacho como si el aire dentro se hubiera vuelto veneno. No caminaba; mis piernas me llevaban por pura memoria muscular, mientras mi mente era un blanco estático, un silencio atronador después de la explosión.
El pasillo se alargó ante mí, como un túnel iluminado por apliques de oro que ahora me parecían los ojos de insectos dorados observándome. Los hombres de Dorian, me seguían con la mirada. No decían nada, pero el peso de su atención era un fardo físico. Uno de ellos, cerca de la salida, dejó que sus dedos rozaran el borde de mi manto al pasar. Un roce deliberado, lento, que me heló la piel hasta los huesos.
—Parece que el jefe ha tenido una noche caritativa —murmuró, y su voz baja, cargada de insinuación, se me clavó más hondo que cualquier insulto.
Otro, más joven y con una sonrisa torcida, emitió un gemido burlón, bajo y lascivo. Fue la chispa. Una risa ronca, contenida pero unánime, se extendió entre ellos como un reguero de pólvora. El rubor me subió desde