VALENTINA
Sali del despacho como si el aire dentro se hubiera vuelto veneno. No caminaba; mis piernas me llevaban por pura memoria muscular, mientras mi mente era un blanco estático, un silencio atronador después de la explosión.
El pasillo se alargó ante mí, como un túnel iluminado por apliques de oro que ahora me parecían los ojos de insectos dorados observándome. Los hombres de Dorian, me seguían con la mirada. No decían nada, pero el peso de su atención era un fardo físico. Uno de ellos, ce