VALENTINA
Su boca ardió sobre mi muslo, lenta, prolongada, como si me reclamara palmo a palmo. Apenas pude murmurar su nombre.
—Hoy quiero que entiendas lo que es el deseo verdadero. El que consume. El que arde. El que hace pecar a las santas.
Cuando sus labios subieron más, mi gemido se quebró contra las paredes. Me aferré a sus hombros como si me fuera a desmoronar, y, sin embargo, ese pecado me elevaba. El diablo se había arrodillado para adorarme… y yo ya no quería ser salvada.
—¿Sabes lo que más deseo de ti, monja? —su voz vibró contra mi piel—. Oírte rogar. No a Dios. A mí.
—Dorian… —susurré, quebrada, perdida.
—Así. —Su gruñido me atravesó—. Así quiero que me supliques siempre. Porque no va a bastarte una vez. Vas a volver a mí. Vas a manchar este hábito por mí.
Y entonces me besó allí donde la fe y el deseo se disuelven, donde no hay Dios que escuche. Ese gemido, mi primer gemido verdadero, no fue para el cielo. Fue para él.
Su figura se irguió con la lentitud de un animal sac