VALENTINA
Su boca ardió sobre mi muslo, lenta, prolongada, como si me reclamara palmo a palmo. Apenas pude murmurar su nombre.
—Hoy quiero que entiendas lo que es el deseo verdadero. El que consume. El que arde. El que hace pecar a las santas.
Cuando sus labios subieron más, mi gemido se quebró contra las paredes. Me aferré a sus hombros como si me fuera a desmoronar, y, sin embargo, ese pecado me elevaba. El diablo se había arrodillado para adorarme… y yo ya no quería ser salvada.
—¿Sabes lo q