MARCO
Luciana, que había permanecido como una estatua en el umbral, hizo un leve movimiento y junto a Giacomo se retiran, dejándonos solos.
—No puedo seguir aquí —declaró ella, levantando la barbilla. Un gesto de su antiguo carácter, pero la voz le temblaba. —Escondida, como una rata. Mientras ellos… ¿quién sabe qué les está pasando?
Finalmente, di un paso adelante. Lento, deliberado.
—Si sales ahora, sin más que tu rabia por armadura, te atraparán antes de que llegues a la estación. Y entonces