DORIAN
El silencio de la mañana en la terraza de la villa era un lujo tejido con dinero y poder. El sol romano, aún suave, acariciaba los mármoles blancos y las enredaderas perfectamente podadas. Hasta que la paz se rompe con el crujido sutil de la puerta corredera de cristal blindado al abrirse.
No me volví. Seguí mirando la ciudad que se desperezaba a lo lejos, la taza de espresso suspendida a mitad de camino entre la mesa y mis labios. El aroma a Lavazza y a peligro repentino se mezcló en el