MARCO
El coche traqueteaba por el camino rural, levantando una estela de polvo que se enganchaba en la luz de media tarde. Cada curva me alejaba del caos de Nápoles y me sumergía en un silencio tan denso que parecía palpable. Habían pasado semanas desde el infierno, pero cada día de búsqueda había pesado como meses. Giacomo me había dado las coordenadas con la misma parquedad con la que un hombre entrega un secreto mortal. “Ella no es la misma, Marco”, me había advertido por teléfono. Esas pala