VALENTINA
La casa de Luciana Conti olía a pan recién hecho y a lavanda. Era un olor a paz doméstica, a vida normal, que se me clavaba en el pecho como un recordatorio de todo lo que había perdido. Me sentaba en la cocina, frente a una taza de té que no había tocado, las manos envueltas alrededor de la porcelana buscando un calor que no llegaba. Luciana, una mujer de rostro sereno y manos llenas de vida, movía algo en la estufa, dándome espacio pero sin perderme de vista.
Fue entonces cuando la