MATTEO
El hospital olía a desinfectante y a derrota. Un olor agrio que se me metía en la garganta cada vez que respiraba. La habitación privada era un lujo hueco; las paredes blancas solo servían para reflejar mi propia ruina. El hombro me latía con un dolor sordo y constante, un recordatorio físico de la bala de Dorian. Pero era un dolor menor comparado con el que sentía ahora, mirando a mi padre.
Se sentó en una silla de visitas, rígido como un juez, pero su palidez y la sombra oscura bajo su