VALENTINA
El baño se estrechó hasta convertirse en una celda. La luz fluorescente no iluminaba; acuchillaba, revelando cada poro de mis manos temblorosas, cada grieta en mi alma. La caja blanca sobre el lavabo ya no era un objeto. Era un juez. Un verdugo. Y yo, su víctima voluntaria, ejecutando la sentencia con movimientos de autómata. Cuando terminé el frío ritual, coloqué el artefacto en el mármol y retrocedí como si fuera una bomba. Me senté en el borde de la bañera, el frío de la porcelana