DORIAN
La noche había engullido el Casino del Lago, dejando solo las luces de emergencia y el reflejo fantasmagórico de la luna en el agua. El aire olía a pólvora gastada y a decisiones tomadas. Yo estaba junto a mi auto, la mano en la manija, cuando los faros de otro vehículo cortaron la oscuridad, iluminándome como a un actor en el escenario final. Un Bentley negro, viejo pero imponente, se detuvo a pocos metros. La puerta se abrió y mi tío Salvatore descendió. Viene hacia mí, salgo del auto.