MARCO
Salgo de la oficina con el ceño fruncido y la mandíbula apretada. No digo nada. No hace falta. Con un gesto seco le indico a Rinaldi que es hora de irnos.
El pasillo del orfanato parece más largo que antes. Cada paso resuena contra las paredes como un reproche. No miro atrás. Sé que Valentina no nos sigue. Se queda allí, sola, frente a esa cruz colgada en la pared, buscando respuestas donde ya no queda nadie dispuesto a darlas.
Apenas cruzamos la puerta, el calor húmedo de la tarde me gol