MARCO
Salgo de la oficina con el ceño fruncido y la mandíbula apretada. No digo nada. No hace falta. Con un gesto seco le indico a Rinaldi que es hora de irnos.
El pasillo del orfanato parece más largo que antes. Cada paso resuena contra las paredes como un reproche. No miro atrás. Sé que Valentina no nos sigue. Se queda allí, sola, frente a esa cruz colgada en la pared, buscando respuestas donde ya no queda nadie dispuesto a darlas.
Apenas cruzamos la puerta, el calor húmedo de la tarde me golpea como una bofetada. El aire pesa. Rinaldi camina en silencio hasta el auto, pero sé que no va a aguantar mucho.
—¿Qué pasó ahí dentro? —pregunta al fin, con la voz baja, tensa, antes de subir.
Me detengo. Saco un cigarro. Lo enciendo con manos rígidas. Aspiro hondo. El humo me da unos segundos para ordenar el caos, pero no alcanza.
—Martinelli está involucrado —digo finalmente—. Y aunque Valentina no lo dijo, alguien de adentro envenenó la comida. Una de las hermanas. Ahora solo falta saber q