DORIAN
El laboratorio improvisado del hospital huele a alcohol, desinfectante y café recalentado. Una combinación que siempre anuncia malas noticias.
Me quedo de pie, en silencio, observando a Emanuele Corvi mientras trabaja. No necesito hablar para saber que algo no está bien. Lo conozco desde hace años. Cuando frunce el ceño de esa manera, es porque el cuerpo humano fue violentado con intención.
El frasco descansa abierto sobre la mesa metálica.
—Marco ¿Qué tal tu día? Esper que sea igual de entretenido como el mío. —pregunta sin mirarme, mientras deposita una gota en el espectrómetro.
—¿Cómo vas con eso?
—Digamos que vamos avanzando. Hoy ingresaron tres más. Mismos síntomas: vómitos, fiebre súbita, visión borrosa, confusión.
—¿Están fuera de peligro?
—Estables. Por ahora. —Hace una pausa.
Rinaldi se acerca por detrás, apoyando el brazo sobre el respaldo de una silla.
—¿Y bien? ¿Qué es esa porquería?
Corvi lee la pantalla con una atención que me pone en alerta. Demasiada. Sus dedos