VALENTINA
Estoy fregando el suelo cuando la voz del padre Vittorio rompe la quietud. No lo veo, pero lo oigo a través de la puerta entreabierta de su despacho. No habla como siempre. Su tono es urgente, cansado y herido.
—Ti prego, Signor Luigi… i bambini non hanno dove andare…
Me quedo inmóvil. El trapo se detiene sobre la madera húmeda. Escucho.
Hay un silencio largo, espeso. Luego su voz baja aún más, se vuelve un susurro que no quiere ser oído.
—Lo so. Paolo me lo ha dicho también. Y Andrea. Todos repiten lo mismo… que este lugar está maledetto.
La palabra me golpea el pecho como una campana fúnebre. Maledetto. Siento cómo el cuerpo se me tensa, cómo cada músculo se convierte en una cuerda a punto de romperse.
—No… ¿cómo que no puedo volver a pedir nada? —continúa—. Deben entender que no…
Su frase se quiebra. Oigo un resuello cansado, impotente.
—Oh, Dio… —murmura—. Stiamo perdendo tutto.
El golpe del auricular contra la base del teléfono es seco, violento. Un punto final.
Me leva