VALENTINA
Estoy fregando el suelo cuando la voz del padre Vittorio rompe la quietud. No lo veo, pero lo oigo a través de la puerta entreabierta de su despacho. No habla como siempre. Su tono es urgente, cansado y herido.
—Ti prego, Signor Luigi… i bambini non hanno dove andare…
Me quedo inmóvil. El trapo se detiene sobre la madera húmeda. Escucho.
Hay un silencio largo, espeso. Luego su voz baja aún más, se vuelve un susurro que no quiere ser oído.
—Lo so. Paolo me lo ha dicho también. Y Andrea