DORIAN
Salgo de la zona VIP con el sabor amargo del humo pegado al paladar. El pasillo del club respira lento, como una bestia cansada. El cigarro que acabo de apagar deja una estela gris detrás de mí, una advertencia muda para cualquiera que se cruce.
Giuseppe me espera apoyado en la baranda. No dice nada y empieza a seguirme, un paso detrás.
—Cuando esa maldita monja llame —digo al fin, sin mirarlo—, me lo dices al instante. Ni un minuto después. Nada de juegos. ¿Está claro?
—Sí, jefe —responde, firme.
Sigo avanzando. La música queda atrás, amortiguada. Los focos del pasillo me cortan la cara en franjas de luz y sombra. Siento la pregunta antes de oírla; Giuseppe lleva días mordiéndose la lengua.
—¿De verdad cree que va a llamar?
Me detengo.
—Sin cuestionar sus decisiones, jefe… —continúa, midiendo cada palabra—. Ese orfanato le está quitando tiempo, energía. No es una inversión, no es poder. Y usted no deja de meterse ahí. Esa mujer le nubla la visión. Su padre jamás…
Me giro despa