DORIAN
Salgo de la zona VIP con el sabor amargo del humo pegado al paladar. El pasillo del club respira lento, como una bestia cansada. El cigarro que acabo de apagar deja una estela gris detrás de mí, una advertencia muda para cualquiera que se cruce.
Giuseppe me espera apoyado en la baranda. No dice nada y empieza a seguirme, un paso detrás.
—Cuando esa maldita monja llame —digo al fin, sin mirarlo—, me lo dices al instante. Ni un minuto después. Nada de juegos. ¿Está claro?
—Sí, jefe —respon