VALENTINA
Han pasado varias horas desde que nos encerraron aquí. Las cuento por los parpadeos de la bombilla, por los ruidos que llegan de fuera, por los cambios en la oscuridad que se filtra por las rendijas del techo.
Mis manos, atadas a la espalda, han perdido toda sensibilidad hace horas. Solo sé que siguen ahí por el dolor sordo que me sube por los brazos cuando intento mover los dedos. Mis tobillos, también atados a las patas de la silla, tienen marcas profundas de las cuerdas, surcos vio