VALENTINA
Han pasado horas. No sé cuántas. La oscuridad y el frío me han robado toda noción del tiempo. Solo sé que he estado aquí, sintiendo cada bache, cada curva, cada maldito kilómetro que me alejaba de todo lo que conocía.
El vehículo se detiene por fin.
—Vamos, princesa —gruñe Enzo, agarrándome de un brazo para sacarme a rastras.
Mis piernas apenas me sostienen. Pero me obligo a mantenerme en pie.
Me llevan hacia una construcción que emerge de la noche como un monstruo dormido. Una especi