VALENTINA
Entonces dio un paso más. Estaba tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo, el olor a colonia cara mezclada con puro y con el perfume de la muerte que lo envolvía. Su mano libre se levantó, lenta, deliberada, hacia mi rostro. Los dedos, manchados de nicotina y de sangre de otros, se acercaron a mi mejilla con una intención que me revolvió el estómago, que me hizo sentir sucia solo con la proximidad.
—Tan dulce —murmuró—. Tan indefensa. Déjame…
No lo pensé.
Escupí. Directo a su