El Almacén

Roma, Italia

2:47 a.m.

El almacén olía a humedad y secretos podridos.

Elena apagó el motor del Fiat alquilado a dos cuadras de distancia, el tiempo justo para que sus ojos se ajustaran a la oscuridad de la calle abandonada. Testaccio dormía el sueño pesado de los muertos a esta hora solo farolas parpadeantes y sombras que se movían al viento.

Había dejado su teléfono en el apartamento. Había dejado su arma de respaldo también, siguiendo las instrucciones de la voz distorsionada. Ven sola. O tu madre será la próxima.

Había venido sola.

Pero no desarmada.

La navaja descansaba en su bota derecha, el metal frío contra su tobillo. Había sido de su padre, luego de Sofía, luego de ella. Una pequeña rebelión contra las reglas de los hombres que creían que podían controlarla con amenazas.

El almacén se alzaba al final de la calle, su fachada de ladrillo envejecido marcada por décadas de abandono. Las ventanas estaban tapiadas, la puerta principal sellada con cadenas oxidadas. Pero la puerta lateral Elena la recordaba de los informes policiales cedió con un empujón, sus bisagras gimiendo como almas condenadas.

El interior era un agujero negro.

Elena esperó, contando hasta treinta mientras sus pupilas se dilataban. Poco a poco, el espacio reveló sus contornos: pilares de concreto, restos de maquinaria industrial, un techo tan alto que se perdía en las sombras. Y al fondo, una luz.

Una sola bombilla colgaba de un cable, iluminando un círculo perfecto en el centro del almacén. Debajo de ella, una silla. Vacía.

Y sobre la silla, una rosa negra.

Elena avanzó con pasos medidos, cada nervio cantando alerta. El silencio era absoluto, demasiado absoluto. En un edificio abandonado debería haber ruidos: ratas, tuberías, el viento filtrándose por las grietas. Aquí no había nada. Como si el mundo contuviera la respiración.

Cuando estuvo a diez metros de la silla, una voz detrás de ella dijo:

"Detente ahí."

Elena se congeló. Reconoció la voz. No por el timbre estaba distorsionada, igual que en el teléfono, sino por algo más. Una cadencia. Una pausa. Algo que su cerebro entrenado registró antes de que su mente consciente pudiera procesarlo.

"¿Dónde está mi madre?" preguntó, sin volverse.

"Tu madre está durmiendo en su casa en Calabria, completamente ignorante de que su hija mayor se ha metido en cosas que no entiende." La voz se acercó lentamente. "Era una mentira, por supuesto. Pero las mentiras funcionan mejor cuando duelen."

Elena giró sobre sus talones.

El hombre que emergió de las sombras era delgado, de mediana edad, vestido con un traje que había sido caro hace cinco años. Su cara era común nariz recta, barba recortada, ojos marrones sin nada notable, pero su sonrisa era inconfundible.

La sonrisa de alguien que sabía que tenía el control.

"¿Quién eres?"

"Soy quien va a decirte la verdad." Se detuvo a tres metros de distancia, manteniendo el espacio justo para que ella no pudiera alcanzarlo sin exponerse. "La verdad sobre tu hermana. La verdad sobre los Moretti. La verdad sobre por qué estás aquí."

"Habla."

"Disfruta el momento." Su sonrisa se ensanchó. "Soy de los pocos que dicen la verdad en este negocio."

Elena cruzó los brazos, ocultando sus manos, ocultando el temblor que amenazaba con traicionarla. "Empieza por tu nombre."

"No." El hombre negó con la cabeza. "Empiezo por esto: tu hermana no murió aquí."

El aire se volvió más delgado. "¿Qué?"

"Sofía fue traída aquí después de muerta. La mataron en otro lugar, la limpiaron, la vistieron y la dejaron en este almacén para que la encontraran." Dio un paso más cerca. "La rosa negra no era un mensaje de los Moretti. Era un mensaje para los Moretti."

Elena sintió que el suelo se movía bajo sus pies. "Eso no tiene sentido."

"¿No?" El hombre inclinó la cabeza. "Piénsalo. La firma de los Moretti es una rosa negra en víctimas importantes. Víctimas que merecen un mensaje. ¿Tu hermana era importante? ¿Era una figura política? ¿Una testigo protegida? No. Era una estudiante de idiomas que se metió donde no debía. ¿Por qué iban a marcarla?"

"Para enviar un mensaje a otros que pudieran estar tentados a... a hacer lo mismo."

"¿A hacer qué exactamente?" El hombre sonrió, y era una sonrisa triste. "¿A descubrir lo que ella descubrió?"

El corazón de Elena golpeaba tan fuerte que temió que él pudiera oírlo. "¿Y qué descubrió?"

"Descubrió que alguien dentro de la familia Moretti está trabajando con los Santi. Que hay una filtración, una traición, una guerra esperando para estallar. Y que ese alguien está lo suficientemente desesperado como para matar a una chica inocente y ponerle una rosa negra en el pecho para desviar la culpa."

Los Santi. La familia rival. Los mismos hombres que habían intentado robarle el paquete en el callejón.

"¿Quién?"

"No lo sé." El hombre levantó una mano, deteniendo su objeción. "No lo sé, pero sé quién lo sabe. O lo sabía."

Elena esperó.

"Vieri." El nombre cayó entre ellos como una piedra. "El hombre que encontraron muerto en su apartamento. Tu hermana le contó todo a él. Y él me contó antes de morir."

"¿Por qué no te contaría nada a ti?"

"Porque soy su hermano." La voz del hombre se rompió ligeramente. "Medio hermano. La misma madre, diferente padre. Nadie en la familia lo sabe. Vieri me contaba cosas para mantenerme a salvo, para que yo supiera a quién evitar."

Elena estudió su rostro, buscando la mentira. No la encontró. Solo cansancio y un dolor que reconocía demasiado bien.

"¿Cómo sé que no me estás tendiendo una trampa?"

"Porque si quisiera tenderme una trampa, ya estarías muerta." El hombre señaló las sombras alrededor. "Podría tener diez hombres esperando. Podría haberse disparado en cuanto entraste. Pero necesito algo de ti."

"¿Qué?"

"Que encuentres al que mató a mi hermano. Y que lo mates."

El silencio se extendió entre ellos. Elena pensó en Dante, en su alianza frágil, en su promesa de ayuda. Pensó en Salvatore, sentado en su trono con una rosa negra en la repisa. Pensó en Sofía, sola en este almacén, muerta antes de tocar el suelo.

"Ya tengo una alianza", dijo ella. "Con Dante Moretti."

El hombre rió, un sonido amargo. "¿Dante? ¿El sobrino leal? ¿El que nunca desafía a su tío? ¿El que lleva tres años mirando hacia otro lado mientras los asesinos de su hermana caminan libres?"

Elena parpadeó. "Él sabe lo de Chiara. Me lo dijo."

"¿Te dijo que va a matar a su tío? ¿O te dijo que está esperando el momento adecuado?" El hombre negó con la cabeza. "Dante es un hombre que espera, siempre espera. Esperó mientras su hermana moría. Esperó mientras los hombres que la mataron desaparecían uno por uno, pero nunca al que dio la orden. ¿Sabes por qué?"

"¿Por qué?"

"Porque Salvatore tiene algo que Dante necesita. Algo más valioso que la venganza. Y hasta que lo consiga, tu alianza no vale nada."

Elena sintió que las piezas comenzaban a moverse en su mente, encajando en patrones que no le gustaban. "¿Qué cosa?"

"Eso no lo sé. Pero Vieri sí. Y Vieri lo escondió antes de morir." El hombre metió la mano en el bolsillo y extrajo un pequeño objeto. Lo lanzó hacia ella.

Elena lo atrapó por instinto. Era una llave. Pequeña, de metal dorado, con un número grabado: 47.

"Casillero cuarenta y siete. Estación Termini. Todo lo que Vieri sabía está ahí." Dio un paso atrás. "Tienes hasta el domingo para encontrarlo. Después, otra persona irá a buscarlo. Y esa persona no te ofrecerá alianzas."

"Espera." Elena dio un paso adelante. "¿Quién eres? Necesito saber tu nombre."

El hombre vaciló. Luego dijo: "Marco. Pero no el que conoces." Una sonrisa triste. "El otro Marco. El que no mata por encargo."

Y se volvió hacia las sombras.

"¡Espera!" Elena corrió hacia él, pero cuando llegó al lugar donde había estado, solo encontró pared y silencio. Había desaparecido como si nunca hubiera existido.

Sola bajo la bombilla parpadeante, Elena miró la llave en su mano. Metal dorado. Número 47. Una promesa de respuestas.

O una trampa.

Salió del almacén con el corazón galopante, la navaja caliente contra su tobillo, la llave fría en su puño cerrado.

El Fiat la esperaba donde lo había dejado. Pero cuando se acercó, vio algo en el asiento del conductor que no había puesto allí.

Una rosa negra.

Y debajo, una nota:

"Sé con quién hablaste. La próxima vez, no habrá advertencia."

Elena giró en círculo, escrutando las sombras, buscando al que la había seguido. Las calles estaban vacías. Los edificios, mudos. Pero en algún lugar, en la oscuridad, alguien la observaba.

Alguien que sabía.

Alguien que llevaba rosas negras.

Elena condujo de regreso a su apartamento con las manos blancas de fuerza sobre el volante. Revisó los espejos cada tres segundos, cambió de ruta cuatro veces, tomó calles laterales y avenidas principales en un patrón diseñado para despistar.

Nadie la siguió. O nadie que ella pudiera ver.

Cuando por fin cruzó la puerta de su apartamento, cerró con tres cerrojos y se apoyó contra la madera, jadeando.

La llave número 47 estaba todavía en su mano.

El teléfono sonó.

Elena lo miró como si fuera una serpiente. La pantalla decía: DANTE.

Contestó.

"¿Dónde estuviste?" La voz de él era tensa, controlada a la fuerza. "Fui a tu apartamento. No estabas."

"No sabía que tenía que reportar mis movimientos."

"Tienes que reportarlos cuando alguien deja una rosa negra en tu maldita almohada."

Elena se quedó quieta. "¿Cómo sabes eso?"

"Porque la persona que la dejó también dejó una en la mía." Pausa. "Y porque acabo de encontrar a Marco, el hermano de Vieri, flotando en el Tíber con una rosa en la boca.”

El mundo se detuvo.

"¿Cuándo?"

"Hace una hora. Los buzos lo sacaron hace veinte minutos." La voz de Dante bajó. "Lia. Dime que no estabas con él."

Elena pensó en la nota en su coche. La próxima vez, no habrá advertencia.

"Nos vimos", dijo ella. "En el almacén donde encontraron a mi hermana."

El silencio de Dante fue más elocuente que cualquier grito. Cuando habló, su voz era un susurro helado:

"Alguien te sigue. Alguien lo mató por hablar contigo. Y ahora ese alguien sabe que estamos conectados."

Elena apretó la llave hasta que el metal le marcó la palma. "¿Qué hacemos?"

"Te recojo en diez minutos. Lleva solo lo que quieras conservar. No vas a volver allí."

"¿Adónde vamos?"

" A un lugar seguro. O al menos, lo más seguro que existe en este infierno." Colgó.

Elena miró la llave dorada. Miró la rosa negra en su mesa. Miró el teléfono mudo en su mano.

Diez minutos.

Diez minutos para decidir en quién confiar—en un asesino que llevaba tres años esperando vengar a su hermana, o en otro asesino que acababa de aparecer muerto en el río por hablar con ella.

Guardó la llave en su sostén, junto a su corazón. Agarró su pasaporte, su dinero, la fotografía de Sofía que siempre llevaba consigo. Y esperó.

Cuando el coche de Dante se detuvo abajo, ella ya estaba en la calle.

No miró atrás.

El casillero 47 de la Estación Termini esperaba, lleno de secretos que podrían salvar su vida—o firmar su sentencia de muerte.

Pero Elena no sabía que alguien había llegado primero.

Que dentro del casillero, junto a los papeles de Vieri, había una nueva rosa negra.

Y una nota que decía: "Bienvenida al juego, agente Rossi."

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