Villa Isabella, Montes Sabinos
Ochenta años después
El jardín estaba en plenitud.
Las rosas rojas, aquellas que Elena había plantado hacía más de ocho décadas, seguían floreciendo cada primavera con una obstinación que parecía un milagro. Sus tallos se habían enredado en los muros de la villa, formando un muro espeso y fragante que protegía el hogar del viento y del olvido. Los cipreses, ahora centenarios, se mecían con la brisa como centinelas eternos.
La joven Elena, la tataranieta de la matr