Villa Isabella, Montes Sabinos
Setenta años después
La primavera había llegado con fuerza.
Las rosas rojas, aquellas que Elena había plantado hacía más de siete décadas, seguían floreciendo con una vitalidad que desafiaba al tiempo. Sus tallos se habían enredado en los muros de la villa, formando un muro espeso y fragante que protegía el jardín del viento y del olvido. Los cipreses, ahora centenarios, se mecían con la brisa como espectadores eternos.
La joven Elena, la tataranieta de la matriar