El olor era lo primero que te golpeaba. No solo a muerte, sino a orín de rata, a humedad podrida y a ese dulzor metálico y enfermizo de la sangre que ya empezaba a descomponerse. La agente especial Elena Rossi respiró por la boca, un truco de novata que no lograba engañar a su estómago, y se obligó a mirar.El haz de su linterna trotó por el suelo de hormigón del almacén abandonado de Red Hook hasta detenerse ante un bulto, junto a un montón de palets podridos.Sofía.Su hermana pequeña. La que, a los cinco años, le pedía que le hiciera trenzas. La que había llorado en su hombro por su primer desamor. La que se había alejado hacía dos años, envuelta en silencio y una adicción que Elena, en su arrogancia de hermana mayor y agente federal, juró que podría controlar.Ahora yacía allí, hecha un ovillo, su cuerpo moreno y menudo diminuto en la inmensidad del espacio vacío. Tenía los ojos abiertos, vidriosos, fijos en un punto del techo que Elena no podía ver. Su blusa barata estaba manchad
Ler mais