Mundo de ficçãoIniciar sessãoRoma, Italia
4:23 a.m.
La villa emergió de la niebla como un fantasma.
Elena había perdido la cuenta de las curvas, los túneles, los pueblos dormidos que Dante había atravesado a velocidad imposible. El Maserati negro devoraba kilómetros mientras Roma quedaba atrás, reemplazada por colinas cubiertas de viñedos y cipreses que arañaban el cielo predawn.
Ahora estaban detenidos frente a una mansión del siglo XVII, encajada en la ladera de una montaña como si hubiera crecido allí. No había luces encendidas. No había coches en el camino de grava. Solo la mole oscura de piedra y de historia, y el silencio absoluto del campo italiano antes del amanecer.
"¿Dónde estamos?", preguntó Elena, su voz áspera por las horas sin dormir.
"En un lugar que no existe." Dante apagó el motor y se volvió hacia ella. En la penumbra del coche, sus ojos grises parecían casi blancos. "Propiedad de mi madre. Ella murió cuando yo tenía doce años. Nadie en la familia sabe que esto sigue en pie."
"¿Nadie?"
"Nadie vive." Salió del coche sin esperar respuesta.
Elena lo siguió a través de la grava, sus tacones hundiéndose en la piedra suelta. El aire olía a romero y tierra mojada, un contraste tan violento con el hedor del almacén que le dio náuseas.
Dante abrió la puerta principal con una llave antigua, de hierro forjado, idéntica a la que le había dado a ella dos noches antes. El interior era una cápsula del tiempo: muebles cubiertos con sábanas blancas, una escalera de mármol que subía en espiral hacia la oscuridad, y en la pared del recibidor, un retrato al óleo de una mujer joven con los mismos ojos grises que Dante.
Su madre.
Elena se detuvo frente al cuadro mientras Dante encendía luces, descorría cortinas, abría ventanas. La mujer del retrato sonreía con una tristeza que Elena reconocía como la misma que veía en su propio espejo cuando pensaba en Sofía.
"Se llamaba Isabella." Dante apareció a su lado, dos copas de brandy en las manos. Le ofreció una. "Se suicidó cuando yo tenía doce. Mi tío dijo que fue un accidente. Mi padre nunca lo perdonó."
Elena tomó la copa, aunque no bebió. "Tu padre..."
"Muerto. También por accidente." Su sonrisa era un cuchillo. "Los Moretti tienen muchos accidentes."
Bebió un trago largo y se alejó hacia el interior de la casa. Elena lo siguió, pasando por salas que habían sido elegantes y ahora eran solo polvo y memoria. Llegaron a una biblioteca en la parte trasera, con ventanales que daban a un jardín salvaje, invadido por la maleza.
Dante cerró las cortinas antes de encender una lámpara.
"Podemos hablar aquí."
Elena se sentó en un sillón de cuero agrietado, la llave dorada aún caliente contra su piel. Dante ocupó el asiento frente a ella, sus rodillas casi tocando las de ella.
"Enséñamela."
Elena dudó un segundo, luego metió la mano en su escote y extrajo la llave. Dante la tomó, la examinó a la luz, la sopesó como si pudiera leer su historia en el peso.
"Número cuarenta y siete", murmuró. "Estación Termini."
"¿La conoces?"
"Los Moretti tienen varios casilleros en Termini. Para transferencias, documentos, cosas que no deben moverse en coche." Devolvió la llave. "Pero este número no es nuestro."
"Vieri la escondió antes de morir. Su hermano Marco me la dio."
Dante la miró fijamente. "Marco está muerto."
"Lo sé. Me lo dijiste." Elena guardó la llave de nuevo. "Pero antes de morir, me contó cosas. Sobre Vieri. Sobre tu hermana. Sobre"
"¿Sobre mi hermana?" La voz de Dante se tensó.
Elena asintió. "Dijo que no murió de cáncer. Dijo que Salvatore"
"Lo sé." Dante se levantó de golpe, caminó hacia la ventana, apartó la cortina una pulgada para mirar hacia la oscuridad. "Lo sé todo sobre Chiara. Sobre cómo murió. Sobre quién la mató."
"Entonces, ¿por qué no haces nada?"
Dante se volvió y, por un momento, su máscara se resquebrajó, mostrando algo crudo, herido, peligroso. "Porque si mato a mi tío sin pruebas, sin una razón que los capos acepten, me matan a mí. Y entonces Chiara habrá muerto para nada."
"¿Necesitas pruebas? Tú mismo dijiste que"
"Necesito algo más que pruebas." Dante regresó, se arrodilló frente a ella, un gesto tan inesperado que Elena se quedó sin aliento. "Necesito lo que Vieri escondió en ese casillero. Porque no es solo información sobre la muerte de Chiara. Es información sobre toda la familia. Cuentas, sobornos, alianzas secretas, tratos con los Santi. Todo."
Elena procesó la información. "¿Vieri tenía acceso a eso?"
"Vieri era el contable de mi tío. El único hombre en quien Salvatore confiaba para manejar los libros." Dante la miró directamente a los ojos. "Si Vieri escondió algo, es la llave de todo. La llave para destruir a mi tío sin destruir la familia."
"Y tú quieres esa llave."
"Nosotros la queremos." Su mano encontró la de ella, un gesto tan íntimo que Elena sintió electricidad en la piel. "Tú quieres justicia para tu hermana. Yo quiero justicia para la mía. Podemos tener ambas. Pero necesitamos llegar primero."
Elena miró sus manos entrelazadas. Miró sus ojos grises, tan cerca que podía ver las diminutas vetas plateadas. Miró el fantasma de Isabella en el retrato del recibidor y pensó en su propia madre, sola en Calabria, ignorante del infierno en que su hija se había metido.
"¿Confías en mí?", preguntó ella.
"No." Dante sonrió, pero era una sonrisa triste. "Pero no necesito confiar en ti. Necesito que tú necesites lo mismo que yo."
Elena retiró su mano. Se levantó, caminó hacia la ventana, imitando su gesto de antes.
"¿Y si lo que encontramos no es lo que esperas? ¿Y si Vieri escondió algo que te incrimina a ti?"
El silencio de Dante fue su respuesta.
Cuando se volvió, él estaba exactamente donde lo había dejado, de rodillas en el suelo, mirándola con una intensidad que dolía.
"Entonces me entregarás a la policía", dijo simplemente. "Y yo habré merecido lo que venga."
No durmieron.
Cuando el sol comenzó a teñir el horizonte de rosa y naranja, Elena había memorizado cada detalle del plan de Dante: entrarían a Termini por separado, ella primero, él diez minutos después como respaldo. Nadie más sabría. Nadie más estaría involucrado.
Pero mientras el amanecer iluminaba el jardín salvaje, Elena encontró algo que no esperaba.
En un escritorio del segundo piso, entre papeles amarillentos y fotografías polvorientas, había un retrato de Chiara Moretti sosteniendo a su hijo. Y al lado, otra fotografía: Sofía.
Su hermana, sonriente, abrazando a Chiara como si fueran viejas amigas.
Elena tomó la foto con las manos temblorosas. No podía ser. No tenía sentido. Sofía no conocía a los Moretti directamente. No podía
"La encontraste."
Dante estaba en la puerta, apoyado contra el marco, con una expresión que Elena no podía descifrar.
"¿Qué es esto?" Su voz era un susurro.
"Tu hermana y la mía." Él entró lentamente. "Se conocieron en el Vesper hace un año. Chiara estaba viva entonces, aunque ya enferma. Sofía trabajaba en la barra algunas noches. Se hicieron amigas."
Elena negó con la cabeza. "Mi hermana nunca me dijo"
"Tu hermana no te decía muchas cosas." Dante se acercó y tomó la fotografía de sus manos temblorosas. "Chiara tampoco me las decía a mí. Pero después de que ella murió, encontré cartas. Docenas de cartas. Sofía le escribía desde el hospital. Le contaba todo sus miedos, sus sueños, sus problemas con..." Vaciló.
"¿Con qué?"
"Con un hombre. Un hombre mayor, casado, importante. Alguien que le prometió cosas y luego la abandonó cuando ella se asustó."
El mundo de Elena se inclinó sobre su eje. "¿De qué estás hablando?"
"Sofía estaba embarazada cuando murió." La voz de Dante era suave, cuidadosa, como si estuviera manejando explosivos. "Lo sé por las cartas. Se lo contó a Chiara dos semanas antes de que la mataran. Y Chiara me lo contó a mí, en una de nuestras últimas conversaciones, cuando ya estaba demasiado débil para mentir."
Elena se dejó caer en la silla más cercana. Su mente se negaba a procesar la información. Sofía, embarazada. Sofía, con un amante secreto. Sofía, asustada, sola, muriendo en un almacén con una rosa negra en el pecho.
"¿Quién?", preguntó, su voz una sombra.
"No lo sé. Chiara no me dijo el nombre. Pero dijo que era alguien importante. Alguien que no podía permitirse un escándalo." Dante se arrodilló frente a ella otra vez y tomó sus manos heladas entre las suyas. "Y dijo que si algo le pasaba a Sofía, sería por eso."
Elena levantó la vista, los ojos secos a fuerza de dolor. "Crees que el padre"
"Crezco que el padre la mató para silenciarla. O alguien que trabaja para él." Dante apretó sus manos. "Y creo que Vieri lo sabía. Por eso está muerto. Por eso su hermano está muerto. Por eso tú tienes una rosa negra en tu almohada."
La habitación giraba. Elena quería gritar, quería romper algo, quería encontrar al hombre que había hecho esto y arrancarle el corazón con sus propias manos.
Pero en lugar de eso, respiró hondo y dijo: "Terminé”. Hoy."
Dante asintió. "Hoy."
La estación Termini hervía de vida a media mañana.
Elena se movía entre la multitud como un pez en agua turbia invisible, rápida, mortal. Llevaba una peluca castaña y gafas de sol, ropa diferente a la de la noche anterior. Dante estaba en algún lugar detrás, mezclado con los viajeros, sus ojos grises escaneando cada rostro.
La fila de casilleros 40-60 estaba en el ala este, cerca de las taquillas internacionales. Elena encontró el 47 sin dificultad una caja de metal gris, anónima, igual a todas las demás.
La llave entró suavemente. La puerta se abrió.
Dentro había una carpeta marrón, gruesa, atada con cordel. Y sobre ella, una rosa negra.
Elena la tomó con dedos helados. Debajo de la rosa, una nota:
"Sabíamos que vendrías. La pregunta es: ¿para quién trabajas realmente?"
Detrás de ella, una voz familiar dijo: "Hola, agente Rossi."
Elena se volvió lentamente.
Salvatore Moretti estaba a diez metros, rodeado de cuatro guardaespaldas. Sonreía como un abuelo bondadoso.
Y junto a él, con la cara pálida y los ojos llenos de algo que podría haber sido disculpa, estaba Dante.
Elena no supo qué dolió más: la traición o la certeza de que, en el fondo, siempre lo supo.







