Villa Isabella, Montes Sabinos
Ciento veinte años después
La luz del atardecer teñía de oro los muros centenarios.
Las rosas rojas seguían allí. Más altas, más enredadas, más salvajes que nunca. Habían sobrevivido a tormentas, a sequías, a generaciones enteras que habían nacido, amado y muerto bajo su sombra fragante. Nadie recordaba ya quién las había plantado, pero todos sabían la historia.
La pequeña Elena, la niña de seis años que había escuchado el relato de su bisabuela, ahora era una muj