—Doctora Popova, no sabe el gusto que me da verla —el señor George ingresó dándole un caluroso abrazo a Irina—. Sigue igual de bella.
Irina le sonrió con afecto genuino.
—Me halaga lo suficiente contar con su presencia por aquí, doctor George. Venga, siéntese —pidió con una sonrisa. Aquel hombre le recordaba sus años de universidad, cuando fue uno de los profesores más respetados del Instituto de Medicina Forense de Moscú—. ¿Cómo puedo ayudarlo?
El doctor George tomó asiento con un suspir